domingo, 15 de noviembre de 2009

MOULIN ROUGE

Corría el año 1889 en la capital francesa, el realismo moría para dar paso al modernismo, y los actores, bohemios, escritores y pintores, transitaban por las calles de Montmartre.
Era el comienzo de la Belle Epoque y Montmartre respiraba aires de renovación. Muchos pintores y artistas, atraídos por la belleza de aquel barrio, solicitaban a las musas su presencia e inspiración.
Ese año, se erigió el moulin rouge, además de otros cabarets, salas de fiestas o burdeles que ya había en la zona, como le chat noire.
La apertura de aquel local, suponía un incremento del bullicio y un alboroto general de la zona, y Romain, un joven inspector de policía, fue a dar un paseo por las postrimerias. Cogió su chaqueta negra y su sombrero y se dirigió al moulin rouge a ver el espectáculo que se mostraba aquella noche.
Al entrar en el local, y ver a tanta señorita semidesnuda se quedó muy sorprendido, se sentó en una mesa, y pidió un whisky para beber. Estuvo toda la noche contemplando a las bailarinas con sus trajes de can can, con aquellas piernas largas, capaces de conquistar a cualquier hombre, con aquellos vestidos, y aquellos corsés.
Dicho espectáculo era una obra maestra, digna de un genio, una mezcla de baile, disfraces, y lujuria.
Miró a su derecha, y contempló a un público embelesado con ojos lascivos, aquellas señoritas eran la divinidad echa carne. Por un momento, cerró los ojos y sintió que se encontraba en el paraíso, porque además de la exuberante compañía femenina, estaba manteniendo una sabrosa contienda con su mejor amigo, el whisky.
De entre aquel elenco de perfección, llamó la atención de Romain una de las bailarinas. Una joven de cabellos rojizos, con unas piernas largas y llenas de sensualidad.
Durante la actuación, hubo varias miradas de complicidad entre ambos, hasta que acabó la actuación y la joven se fue a camerinos, no sin antes, dedicarle a Romain una sonrisa insinuante.
Después de darle una última alegría a sus ojos, y de matar la copa, Romain se levantó, se atavió con su sombrero y se marcho pensando que pisaría más a menudo el suelo del moulin rouge.
A la mañana siguiente después de darse una ducha, y darle un trago de whisky a su petaca, salió temprano hacia la oficina, no había llegado a su despacho, y le avisaron de que en la Rue Saint-Rustique, había tenido lugar un asesinato.
Fue inmediatamente hacia el lugar del crimen y allí encontró a una joven prostituta muerta, rodeada de varios curiosos a los que apartó.
La joven meretriz, se hallaba tendida en el suelo, con el cuello rajado de derecha a izquierda, con el brazo extendido y una rosa roja en la mano. También le faltaba un mechón de su pelo rubio.
El cadáver presentaba signos de penetración, pero no de haber sido forzado, lo que implicaba que había sido penetrado post mortem y que la joven había sufrido necrofilia.


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